Pabellón 4 en CINE.AR

Es un orgullo informarles que, desde la semana pasada, el multi premiado documental de Diego Gachassin PABELLÓN 4 puede verse gratuitamente por medio de la plataforma nacional CINE.AR. (https://play.cine.ar/INCAA/produccion/4561).
Los invitamos a DIFUNDIRLO (la difusión es nuestra única protección), verlo y conocer cómo trabajamos, leemos y pensamos 57 compañeros peleando en comunidad. En tiempos en que el credo de la meritocracia vuelve a imponerse en los medios de comunicación con el fin de perpetuar el privilegio de “los justos”, creemos que PABELLÓN 4, es un film necesario para que la gente conozca como la militancia de micropolíticas de la resistencia se hace carne en un centro de tortura bonaerense. En dicha película, observarán el proceso de gestación de nuestro sexto libro «La filosofía no se mancha 2», en cuyo prólogo Alberto Sarlo expresa que:
«(…) Seguimos educando por el único propósito de educar, educar para pensarnos y luego de pensarnos comprender la realidad. Pensándonos y comprendiendo la realidad podemos ser menos vulnerables ante la inmensidad y la violencia de nuestro mundo… La literatura y la filosofía interpelan a la sociedad, no la adoctrinan… El sentido común de los justos exige que, ya que gasto mi tiempo con los presos, debo gastarlo adiestrando por medio de pautas morales. Los justos exigen que desde un centro de tortura urbanice éticamente por medio de una escala de valores. Los justos son muy ejecutivos a la hora de señalar lo que debo hacer mientras ellos no hacen. Porque si hay algo que distingue a los justos es su enorme capacidad para opinar y su nula capacidad para construir. Los justos desean que yo obtenga un resultado visible y palpable por la tarea que ellos no desean realizar. Para los justos, mis clases de literatura y filosofía, deben realizarse con el único fin de reinsertar y rehabilitar al otro, al distinto, al diferente, al diverso, al insano, al corrupto, al marginal, al chorro, al negro. Los justos me exigen que reinserte y rehabilite a quien nunca estuvo inserto ni habilitado. El sentido común establecido por los justos es utilitarista a más no poder. La sociedad es utilitarista. La ciencia es utilitarista. Mi función no es utilitarista. Mis alumnos no firman un contrato con penalidades a la hora de escuchar mis clases de filosofícineara y de literatura por la sencilla razón de que ni la literatura ni la filosofía tienen como objetivo disciplinar ni dogmatizar…  Seguimos porque queremos hacer más tolerable la noche. La noche pega y pega duro en la cárcel. La noche en la cárcel desgarra, amputa, cercena, lastima y mata. Mata a los de adentro y mata a los de afuera. No es fácil salir cuerdo de una cárcel. No respondan con retórica. Antes de cuestionar mi afirmación vengan, acérquense y escuchen a los pibes. Si escuchan entenderán que la tortura genera odio y que el odio engendra muerte.”

Extracto del prólogo de Alberto Sarlo en el libro “La filosofía no se mancha II”, podés seguir leyéndolo cliqueando en el link del primer posteo de nuestro Facebook Editorial Cuenteros, verseros y poetas.

 

 

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Soy Alberto Sarlo, único responsable legal de las siguientes manifestaciones:
En el pabellón 4 seguimos leyendo y seguimos escribiendo. Pasó el motín, pasó el fusilamiento de Federico Rey, pasó la farsa hipócrita de la Mesa de Diálogo, quedaron el ninguneo, quedó la bronca, quedó el olor a pólvora, quedó el COVID y quedó la muerte. El coronavirus está matando en las 55 cárceles provinciales tanto a presos como a guardiacárceles. Centenares de guardias penitenciarios fueron pasados a cuarentena obligatoria al igual que los médicos de las distintas unidades. Los presos no, los presos, hasta último momento, se quedan en las cárceles. Ellos tienen la suerte o desgracia de ser trasladados recién cuando la parca se aproxima a sus cuerpos descarnados luego de semanas de altísimas fiebres. En Varela, durante meses nos quedamos prácticamente sin médicos en las seis unidades. Más de un tercio del pabellón 4 tuvo fiebre y perdió el olfato. Algunos llegaron a escupir sangre. Lo mismo pasó en los restantes pabellones de máxima y mediana. Nadie supo que tuvieron porque, para ellos, no hay dinero para hisopados o análisis de sangre. Tampoco hay infraestructura para aislar a nadie. Misma suerte corren los guardiacárceles. Ellos también fueron abandonados por la jerarquías ejecutivas, penitenciarias y judiciales.
La política pandémica se resume a: «Cada cárcel se cuida como puede y tapa los muertos con lo que tenga». Cada director de unidad debe lidiar con sus demonios sin respaldo alguno de Jefatura. El periodismo no tiene grieta alguna a la hora de ser cómplice del encubrimiento. Tampoco hay juez, ni defensor, ni fiscal dispuesto a investigar qué está pasando en los centros de tortura en estos momentos (salvo honrísimas y «excepcionalísimas excepciones»). Está claro que hay vidas más vivibles que otras. Nosotros seguimos resistiendo ese dispositivo racista. Si bien en estos meses mi presencia en la cárcel pasa más por llevar barbijos y lavandina que libros de Voltaire y Heidegger, tampoco hemos abandonado nuestro espacio cultural.
Desde el pabellón 4 contestamos los agravios con varios fanzines que ya hemos compartido y ahora con un nuevo libro. Este miércoles 16 de Setiembre, junto con el coordinador principal de la editorial, Francisco Bus, hicimos formal entrega de ejemplares a cada uno de los artistas que escribieron la «Antología de Cuentos Infantiles V». Cada entrega fue un aplauso de todos para todos. Esa es nuestra forma de resistir. Esa es nuestra forma de alzar la voz, esa es nuestra forma de pedir ayuda y de que no nos olviden en las mazmorras contemporáneas. Los invitamos a leerlo en el link (https://drive.google.com/…/1PN5r1IjdP_G2Ww…/view…).
Gracias.
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Cuando éramos canción, soñábamos juntos, escrutando las estrellas con los cuerpos ardientes como un sol de enero.

Cuando éramos canción, cortábamos eternos pétalos de blancas margaritas a orillas del Tigre, por las tardes turquesas.

Cuando éramos canción, me dedicabas los mejores temas de la noche en el boliche, habiendo tantos solitarios escondiéndose en la barra, llorando un rock and roll de noviembre.

Cuando éramos canción, me celabas con dulzura amenazando al mundo con quitarle los ojos, si tan sólo me hacía un gesto de luz al prender el día.

Cuando éramos canción, te envolvía con mis piernas abiertas, y arrojaste flores en mi vientre, mientras tanto, yo, me hundía en tu historia decorando nuestro sexo sagrado con el fuego de las velas derretidas en tu cintura.

Cuando éramos canción, broté un racimo de hijos en mis brazos con guirnaldas, una vez, en la mañana entre sábanas de gloria, con tu boca y mis pechos desnudos.

Cuando éramos canción…, prometí darte mi sangre a muerte en el altar.

Sólo cando éramos canción, y nada más.

Cuando fuimos canción, no te molestaba mi escote, algo descubierto con la falda roja.

Cuando fuimos canción, no desconfiabas de tu hermano y mis primos.

Cuando fuimos canción, no me levantabas la mano adelante de nuestros amigos, por tan sólo opinar cuando conversan los hombres.

Cuando fuimos canción, te enamoré bailando enceguecida, como si fuese un orgasmo gigante de curvas erectas, vital como ninguna, con mi cuerpo nuevo de princesa, quien sedujo a tu animal salvaje en cada vaivén, en cada roce perpetuo; ahora, arruinada, intento hamacarme en los tristes quehaceres de la casa marrón, a puerta cerrada, sin respirar, sin contestar, sometida sirvienta en el planeta de los simios, con hematomas en la espalda, en el alma.

Ahora ya no somos canción, tu mirada neurótica, machista, me hace ruido en las venas.

Ahora, degollaste a Cupido con la voz de tu hijo más pequeño.

Ahora, ya no hay melodías en tu fuerza cuando abusas de mí, ebrio y monstruoso, y los chicos lloran sabiendo lo qué pasa.

Ahora, no puedo arreglarme las uñas, mucho menos pintarme los labios, porque sería la ¡¡puta del barrio!!

Ahora… ahora, me partiste la cara a puño limpio y me quemaste el cabello que tanto adorabas, por temor a que intente denunciarte, cuando te arde la culpa y corres a confesarte, domingo a domingo, con tu amigo el párroco, en el confesionario.

Ahora, huelo el oscuro aliento de tus crímenes a la legua, masticando el terror de todas las mujeres que fueron maldecidas con la misma cosa, el hombre.

Ahora, mi calvario fue darte la mano con ojos cerrados.

Ahora, me aterran los hombres y las canciones.

Ahora sufro el tormento de una madre sin hijos.

Ahora no tengo a mis nenes traviesos, no siento sus labios de crema, sus manos pequeñas, contar sus latidos.

Ahora, ya no tiemblo.

 Ya no molesto.

No respiro.

Cuando éramos canción, ¿me pensabas muerta?

Cuando éramos canción, ¿te soñaste siendo mi asesino?

CUANDO ÉRAMOS CANCIÓN.  Poema autobiográfico de Carlos Mena, huérfano por la violencia patriarcal.

Disponible gratuitamente versión PDF obra Ni una menos en el pabellón 4, Ed. Cuenteros, verseros y poetas 2018 en link publicado en el primer posteo del Facebook Editorial Cuenteros, verseros y poetas o en nuestro blog cuenterosyverseros.com.ar      

carlos

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En el pabellón 4 hemos tenido infinidad de debates y confesiones que exponían la necesidad de expectorar la podredumbre que nos llevó a sostener principios y valores execrables, principios y valores que lastiman, hieren, violan y matan.
No hablo de los principios y valores de los marginales. Hablo de los principios y valores de la sociedad de los blancos, te hablo de mi sociedad, hablamos de tu sociedad. Hablo de vos.
Porque vos y yo somos parte de algo que puede definirse como sociedad, pueblo, comunidad o como quieras, y ese como quieras, ese colectivo humano, esa construcción social de la que vos y yo somos parte, es cruel, muy cruel….Vos y yo somos parte de una sociedad cruel que, amparada en valores tradicionales, centenarios y religiosos destroza (destrozamos), la concepción de la empatía. Despedazamos la acción afectiva hacia “el otro”, hacia el distinto, hacia el débil, hacia la mujer. Yo lo hice y vos lo hiciste. Y vos no solamente sos un varón, vos también podés ser una mujer. El victimario no tiene género, la víctima si, su género será siempre el “otro” género, y contra él, contra ella, todo vale. Porque contra la mujer todo vale, eso es lo más triste.
Somos crueles sin pasión por serlo. Somos crueles usando eufemismos de nuestra crueldad y justificándonos en que debemos sobrevivir en una sociedad individualista y meritocrática. El otro no cuaja en ninguno de esos dos conceptos y por eso tenemos que descartarlo. La mujer dueña de su cuerpo y de su destino choca contra los intereses de éxito de la sociedad, por eso se la desprecia, por eso la despreciamos. Vos la despreciaste infinidad de veces en tu vida y yo también. Porque no hablamos sólo de violencia física. La violencia es multifacética y omnipresente. La violencia sobre la mujer es un mero acto disciplinador en el mundo empresarial, en el universo capitalista, en la galaxia meritocrática. La imprescindible Rita Segato nos habla del capitalismo patriarcal que se enseñorea en una sociedad colonial y punitivista. Yo llamo a eso ni más ni menos que individualismo demencial. ( Extracto del prólogo de Alberto Sarlo del libro NI UNA MENOS EN EL PABELLÓN 4, libro que pueden continuar leyendo en PDF cliqueando: https://drive.google.com/file/d/1l6cU37osu12mR4W704OZD99wG0JqXujP/view?usp=sharing)NI UNA MENOS EN EL PABELLON 4_Página_001

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Llevamos muchos años de lucha. Una lucha que desde siempre supimos que vamos a perder. Nosotros vamos a perder. De Gramsci aprendimos, entre otras cosas, a ser pesimistas de la razón para ser optimistas de la voluntad. Y fuerza de voluntad es lo que nos sobra. Nos sobra para soportar la derrota. En la derrota vamos a perder muchos compañeros. Muchos más de los que ya perdimos y a quienes dedicamos este libro. Estoy harto de perder. Estamos hartos de perder. Estoy harto de ver morir pibes, mis pibes. Estoy harto de ver que mis pibes roben. Que mis pibes se droguen. Que mis pibes se pongan en pedo de pastillas. Que mis pibes maten. Que nuestros pibes maten. Harto. Estoy harto de saber que mis pibes, nuestros pibes, van a seguir robando, enfermando, malviviendo y muriendo siendo pibes. Pelear para perder no hace bien. Pelear para perder no le hace bien a la cabeza. No le hace bien a los huesos, no le hace bien al alma. Pero hay que pelear. A cada uno le toca lo que le toca y a nosotros nos toca pelear. A mi me toca pelear. Peleamos mucho y ganamos poco. Pero algo ganamos. Ganamos respeto. Ganamos amor propio. Ganamos cultura. Ganamos ser menos vulnerables. Ganamos creernos humanos (si ya sé, ya lo dije, pero lo repetimos para que la idea entre). En Platónov, obra maravillosa y que me costó años conseguir, Antón Chéjov da vida a un maestro de escuela que lucha denodadamente por superar la angustia y la desesperación de toda una sociedad, lucha que también debe mantener consigo mismo para no verse arrastrado al peor de los finales. En dicha obra surge un diálogo muy breve, bellísimo y crudo a la vez, un diálogo desesperado y desesperante, un diálogo muy humano y muy pero muy ruso, un diálogo con una pregunta sencilla y con una respuesta universal “¿Qué hacer, Nikolái? Enterrar a los muertos y reparar a los vivos».

En el pabellón 4 hacemos algo parecido a eso. En el pabellón 4 con dignidad, con memoria y con mucho dolor enterramos a los que se fueron y con fuerza de voluntad reparamos a los que se quedaron. Somos muchos los que peleamos. Somos muchos los que escribimos…. En algún lado leí que somos el resultado de nuestras guerras y nuestros muertos. Nuestra sociedad está librando una guerra. Una guerra que está arrojando a millones de familias al abismo. Esos son nuestros muertos. Es hora de empezar a pensarnos como sociedad y, a partir de ello, saber quienes somos y quienes no somos. A quienes incluimos y a quienes excluimos. Ponernos en la piel de los marginados nos puede ayudar a mejorar. Ponernos en su piel no significa ser un turista colonizador que pretende imponer nuestro modo de vivir, nuestra concepción de justicia, nuestras convicciones, nuestros axiomas acerca de lo que es bueno y lo que es malo. Ponernos en la piel del otro es arremangarnos, es llenarnos los pies de barro y es abrazarlo. Y luego de abrazarlo tenemos que empezar a escuchar lo que dice, lo que piensa, lo que vive. Ponerse en la piel del otro es sencillo: simplemente hay que tratarlo como un ser humano, un ser humano que necesita ser oído. Escúchenlos, escúchennos. Antes de juzgarlos, antes de sentenciarlos, antes de matarlos, escuchen lo que tienen para decir. Leer este libro es un buen comienzo. Pero sólo es el comienzo, si es que realmente queremos que algo cambie. ( Extracto del prólogo de Alberto Sarlo del libro JUGUETES PERDIDOS – experiencias en Institutos de Menores-, libro que pueden continuar leyendo en PDF cliqueando https://drive.google.com/file/d/1dyrusHi6nNphyXwO1c8AM8S8oLUONF27/view?usp=sharing )118851970_2616639128651070_7041129349743953525_n

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El día que nos echaron fue un poco humillante. Era algo que me esperaba, pero que igual me afectó profundamente. Llegamos con Carlos a la entrada y cuando nos disponíamos a ingresar, nos detuvo una de las subdirectoras de la Unidad 23, una mujer famosa por torturar presos y jactarse de cómo lo hacía. Entre esas torturas, una de sus preferidas era hacer formar en fila a grupos de no más de cuatro o cinco presos con los pantalones bajos y medirles el aparato reproductor; aquel que lo tenía más largo era apaleado por sus subordinados frente a las carcajadas del resto de la guardia armada….»

«…Subimos al auto, puse música y le dije en chiste que nos parecíamos a Don Ramón y al Chavo del 8, y que finalmente el Señor Barriga nos había echado de la vecindad. Nos reímos con tristeza. A los pocos minutos y mientras llevaba a Carlos a la estación de trenes de Florencio Varela, me quise hacer el estadista superado y empecé a dictar los pasos de una táctica de control de daños: Comencé a explicarle a Carlos que, si bien era el fin de la Editorial, de alguna manera teníamos que tomarlo como un impasse, ya que yo lograría volver de alguna manera cuando finalizara el gobierno de Vidal. En los hechos, el único expulsado era yo. Ahora teníamos que cuidar el laburo de Carlos. Le pedí que se despegara de mi persona porque en esos momentos yo era un apestado, una mala palabra para la gente del Ministerio de Justicia. Si Carlos llegaba a hablar bien de mi o o pedía mi regreso a la 23, era obvio que no le iban a renovar el contrato que tanto esfuerzo nos había costado. Carlos me contestó que ni en pedo se iba a borrar. Me calenté. Le expliqué a Carlos que no tenía que portarse como un pibe caprichoso. Su trabajo era un símbolo de nuestra lucha, detrás de su nombramiento tendrían que venir otros muchos contratos para pibes presos cuando las cosas mejoraran. Carlos me entendía, pero no daba el brazo a torcer. Mi calentura se estaba transformando en ira. Apreté fuerte el volante y le expliqué a Carlos que había sido un día horrible y que teníamos que hacer control de daños. Lo indispensable era no regalarse, no hacerse echar. Le dije a Carlos que era el último mohicano y que no tenía que dejarse matar al pedo. Es probable que haya gritado, pude haberlo insultado. Carlos estaba sereno y me contestó que podía enojarme todo lo que quiera y hasta podía insultarlo (efectivamente lo insulté), pero yo era como un hermano mayor y que él siempre iba a dar la cara por mi. Fueron muchos años en que Carlos puso el pecho sin preguntar, de alguna manera me estaba diciendo que no me iba a dejar caer sólo. Me cago en la lealtad…»

(extracto del capítulo «El año que vivimos en peligro (2018)» del libro de Alberto Sarlo «Espectros del pabellón» que esperamos publicar en algún momento del 2021 si alguna editorial importante se copa en ayudarnos)

carlos

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Espectros del pabellón

«Espectros del pabellón», son vivencias en un centro de tortura en donde interpelamos aquello que el sentido común asume como “verdad”. Lo hacemos en aras de encontrar una interpretación libre de cualquier enajenación y adoctrinamiento. Yo hago micropolítica de la resistencia, pero esa micropolítica no tiene que quedar como mera resistencia aislada e individualista. Esa micropolítica es el espacio para expandirnos desde nuestro territorio y de esa manera generar pueblo combatiendo el sentido común.

La clave para que mis compañeros me hayan aceptado y hayan creado obras literarias de tanta belleza se debe a que, como docente autodidacta que soy, supe cambiar a tiempo, supe ejercitarme en el olvido y en el desaprendizaje. Sólo olvidando uno puede abrirse al otro, sólo desaprendiendo uno puede moverse para darle espacio al diferente, al marginado, al olvidado, al despreciado de nuestra sociedad racista. No hay emancipación sin descolonización subjetiva. No hay expectativa de cambio mientras no hagamos temblar al conocimiento, mientras no ambicionemos que lo sólido se desvanezca en el aire.

Si no me hubiese desplazado desde mis certezas hacia mis “posibilidades”, nada de lo que van a leer hubiese sucedido. Lo que hice y lo que hago en el pabellón 4 es el resultado directo de haber derrumbado todas mis certezas, todas mis creencias. Lo más interesante de todo es que, tanto he desaprendido que si alguien me pidiera algún consejo para repetir un proyecto similar al nuestro, mi consejo sería que no tengo ningún consejo, ninguna receta. A lo sumo me animaría a decirle que desconfíe de los que dan consejos, de los portadores de certezas. Ninguna educación es posible repitiendo el esquema de los docentes satisfechos de si mismos y de sus saberes.

La educación que practico no tiene escuela, ya que nadie me puede tomar en serio cuando afirmo que un pibe analfabeto funcional logra en pocos meses leer y experimentar literariamente con Gilles Deleuze, Enrique Dussel, Michel Foucault, Rita Segato o José Carlos Mariátegui a base de cultivar sus inseguridades y fomentando el arte de desaprender… (extracto del capítulo «Ennegrecer las letras» del libro de Alberto Sarlo «Espectros del pabellón» que esperamos publicar en algún momento del 2021 si alguna editorial importante se copa en ayudarnos)

 

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Hoy, miércoles 26 de agosto de 2020, me levanté temprano. Desayuné, preparé el mate y me puse a trabajar en mi PC. A las 10 horas recibo un llamado del Largo: «Hola Alberto, te llamo para saber a qué hora estás viniendo». «A eso de las 12 vuelve Marina, me reemplaza con las nenas y salgo para allá. Estaré llegando a eso de la una. ¿Quién da la clase hoy?» «El Enzo» me contesta el Largo. «¿Seguimos con la Semana Trágica y la Patagonia rebelde?» «No, el Enzo va a arrancar con el gobierno de Uriburu y Severino Di Giovanni. Si llegás a la una nosotros empezamos antes porque el engome del patio es a las 3 y tenemos que ver un documental sobre el golpe del 30 antes, ¿te parece?» «Si, dale. Si Marina llega antes capaz que veo parte del documental, sino, llego para la clase del Enzo. Igual creo que va a llover y se va a cortar la luz, así que seguro terminamos todos en la cocina. Nos vemos». «Abrazo», se despidió el Largo.
¿Por qué les cuento esto? Porque son estas cosas las que me dan fuerza para seguir yendo a un centro de tortura luego de diez años de ninguneo. En plena pandemia, sin presencia de médicos, sin visitas de familiares, con varios compañeros con fiebre, con varios compañeros de otros pabellones atestados de heridos y enfermos sin antibióticos, luego de la represión del último motín, los pibes del pabellón 4 preparan clases semanales que ellos mismos eligen y dictan. Cincuenta y seis presos de pabellón 4 sin que nadie los obligue sin que obtengan beneficio alguno, se reúnen todos los miércoles en el patio del pabellón a ver videos de canal Encuentro y a escuchar a uno de sus compañeros que preparó un tema durante la semana. Yo estoy yendo los miércoles como oyente. Yo estoy aprendiendo de ellos. Ninguna de estas clases figuran en la currícula ni en sus expedientes judiciales, ningún beneficio obtienen por enseñar y por aprender. Ninguno de sus defensores públicos tienen la más puta idea de las cosas que hacen en el pabellón 4, porque hace siglos que los defensores públicos dejaron de visitar el Complejo Varela.
Tampoco figura en ningún lado que todos los días entrenan una hora de boxeo y que los lunes enseñan el reglamento de la Federación Argentina de Box (FAB), preparando el ingreso a la carrera de Directores Técnicos de Boxeo (clases coordinadas por Brian Calla desde la calle y Ángel Araujo desde el pabellón).
Tampoco figura en ningún lado nuestras clases de música y pintura que dan los jueves y los martes. Nada de esto figura en ningún lado porque Cuenteros, verseros y poetas no existe en los papeles, por ende, no existe a la hora de otorgar buena o mala conducta en sus informes. Es bueno que se sepa que en tiempos de muerte (están muriendo penitenciarios y presos de COVID por igual sin que ningún empleado público con título de Juez, Defensor Público o Fiscal mueva un pelo – al que le toque el sayo que se lo ponga y hacerse cargo de sus pulgas-), hay pibes que RESISTEN sin violencia.
Por la voluntad de estos «chorros», es que sigo aguantando todas las humillaciones que «la gente de bien», que la civilizada «gente de trabajo», nos ha hecho padecer por más de una década. No sirvo para patear Ministerios. No sirvo para estar sentado en un despacho enorme. No sirvo para que un chofer me lleve a hacer turismo y sacarme fotos con directores de unidades penitenciarias. No sirvo para tomar cafecitos con la endogámica realeza del Poder Judicial cuyo ausentismo en los centros de tortura genera la muerte que los medios ocultan. No sirvo para que me convoquen a perder tiempo con funcionarios exitosos del Ministerio de Justicia que conocen la cárcel por ver la serie «El Marginal». A mi, déjenme enseñar boxeo, literatura y filosofía con los pibes sufridos. A mi, déjenme aprender boxeo, literatura y filosofía de los pibes sufridos.
Alberto Sarloahh

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La prensa corporativa y la «del palo» está realizando una eficaz tarea de ocultamiento de las penalidades y desgracias que día a día ocurren en nuestras cárceles. Con los presos no hay «grieta» alguna, como le gusta llamar a los amantes del consenso. A nadie le conviene que se sepa que en los centros de tortura bonaerenses se carece por completo de política sanitaria, que ningún protocolo se cumple y que ya no sólo no contamos con medicina, sino que ahora ni médicos tenemos. Para un preso un hisopado es una entelequia y para muchos guardiacárceles también. Esa ausencia de control es esencial para ocultar la propagación de la pandemia en ámbitos hacinados y pestilentes.

La ecuación de las autoridades penitenciarias es perfecta: Sin hisopado, sin médicos y sin prensa no hay COVID. Así de sencillo. El Poder Judicial, cómplice eterno de estas omisiones criminales, mira para otro lado como históricamente ha hecho a lo largo de su aristocrática y nobiliaria existencia. Las promesas vacías que el poder político y judicial esgrimieron luego del asesinato de Estado efectuado contra Federico Rey en la unidad 23 de Florencio Varela, fueron tan efímeras como burdas. Pese a toda esa ignominia rayana en la perversidad, seguimos entrando al pabellón. Entramos con todos los recaudos para llevar lavandina, barbijos y alcohol en gel. También entramos para pensar y escribir. Precisamente porque seguimos entrando, escribiendo y resistiendo es que con profundo orgullo les presentamos un nuevo Fanzine realizado exclusivamente por los compañeros del Pabellón 4. Este cuarto fanzine (cliqueen el presente link para verlo: https://drive.google.com/file/d/1t_XRIb4oDsJ-YA3s34U0wmyjJzk7T8HS/view?usp=sharing), lo llamamos DESAHOGO, y es una obra de arte hermosa, dolorosa y profunda tanto desde lo literario como desde lo gráfico. POR FAVOR APOYEN Y DIFUNDAN NUESTRA VOZ. Nunca como hoy el concepto de RESISTENCIA debe hacerse carne en nuestra sociedad.

Muchas gracias.

Alberto Sarlo

Fanzine 4

Fanzine 4

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Al séptimo día volví al pabellón. Todavía sigo yendo…

No tengo la más remota idea de dónde saqué las fuerzas para remontar la parada, pero la cosa es que empecé a viajar dos veces por semana a Florencio Varela. Tuve que apoyarme mucho en quien sería el nuevo coordinador, Francisco Bus. Con él, con Jorge Rivas y con el esfuerzo de compañeros sobrevivientes del tsunami, como Daniel Teri y Brian Calla, empezamos la refundación. Con estos referentes empezaba a nacer la “tercera administración” editorial. La primera y fundacional fue liderada por Carlos Mena del 2010 hasta mediados del 2015, fecha en que Carlos fue trasladado a un régimen más benigno previo a su libertad. La segunda administración duró menos de un año, de mediados de 2015 a mediados de 2016, y fue la encabezada por Fabián. La tercera, puede ser la vencida, o la que me venza y es la que está llevando hasta estos días Francisco “el Rengo” Bus. El Rengo es un laburante como pocos y un amigo con quien puedo charlar, pensar y aprender. En pos de defender nuestro proyecto hemos tenido infinidad de discusiones, pero siempre dentro del marco de la convicción por generar un espacio de resistencia y pensamiento. Es una pieza fundamental ya que Francisco fue testigo de los diferentes liderazgos de Carlos y de Fabián. Aprendió de sus virtudes y también de sus errores.

La primera tarea fue concientizar a los nuevos compañeros en nuestro concepto de “comunidad”. Por medio del diálogo y el ejemplo, empezamos a mostrarle a los nuevos pibes que nuestro pabellón de población es muy distinto al resto de los pabellones de población del país.

La segunda faena fue imponer un discurso muy contundente en contra de las “pastillas”. No teníamos espacio para la traición. Ningún miembro del pabellón podía ingresar pastillas. Habíamos aprendido la lección. Podíamos ser más tolerantes con otro tipo de sustancias, máxime cuando la mayoría de mis compañeros ingresan sin desintoxicarse totalmente de la nefasta pasta base. Nada de Paco, nada de pastillas. Pero esta política tenía que llevarse sin “mano dura”. Cada compañero debía ser responsable de cumplirla y de aprender a dejarse ayudar. Podíamos ser pacientes, abiertos y comprensivos, pero la última palabra lo tiene cada uno consigo mismo. Quien no respetaba pautas mínimas de convivencia y confianza, debía retirarse por su propia decisión. Nadie expulsaría a nadie por la fuerza, porque nunca los Cuenteros, verseros y poetas habíamos aplicado “mafia” (paliza colectiva) a ningún compañero. Los que se van de nuestro pabellón, siempre se van bien y sin violencia.

La tercera campaña urgente que implementé al reingresar fue comprometer a todos a sacar un libro en forma urgente para tener algo de difusión que nos dé aire frente al SPB. Ese libro se llamaría Juguetes perdidos, y convoqué a todos los compañeros a que escriban sus experiencias en los Institutos de Menores. Era un libro urgente por dos motivos: primero, porque nadie nos protegía y la publicación del libro tal vez consiguiera algo de difusión, única aliada que manteníamos; el segundo motivo es porque el gobierno de Macri estaba impulsando un proyecto de ley para bajar la edad de imputabilidad y necesitábamos generar un acto de resistencia ante semejante iniciativa.

Nos pusimos a trabajar todos en todos los frentes. Doné nuevas computadoras e impresoras. Volví a conseguir de mi amigo Silvio Rotela guantes y bolsas de boxeo. Con los veteranos armamos distintos gabinetes de trabajo: un equipo de alfabetización para los recién ingresados, otro de filosofía para que expliquen las clases atrasadas a los novatos, un equipo de pintura para colorear nuestros libros cartoneros y para pintar los muros de nuestro pabellón; y un equipo de música para volver a armar una banda de rock como la que teníamos antes de que nos rompieran el pabellón. Armamos esos equipos de trabajo a contrarreloj. Los coordinadores volvieron a coordinar, los escritores volvieron a escribir y los compañeros volvieron a crear arte….

(extracto del capítulo «La (in) sensibilidad progresista» del libro de Alberto Sarlo «Espectros del pabellón» que esperamos publicar en algún momento del 2020 si alguna editorial importante se copa en ayudarnos)

 

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